El síndrome de la premiofilia y otros males del narrador cubano

ISLIADA

Por: Rafael de Águila 20 de abril de 2016

Esta será una mirada a la narrativa cubana (en especial, al cuento) de este tiempo desde la óptica de un narrador cubano de este tiempo. Es decir, será la mirada de un “observador observado”. No será la mirada de un crítico. No soy crítico. No será la mirada de un académico porque no soy un académico. Ni siquiera la mirada de un ensayista, porque aunque he escrito algún que otro texto que puede ser tomado por tal no me tengo por ensayista. Y no será una mirada prolija. No lo permite el espacio. Serán (meramente) notas al vuelo. Notas acordes al propósito y al tiempo de este evento. Y tal vez, para algunos, lo que acá exponga hoy sea polémico. Llegar acá a cantarnos loas no me parece productivo. Menos aun ético. No son las loas las que lanzan hacia adelante. Ni el falso azul de Cándido. Ni la escondida cabeza del avestruz. Las ideas, sostenía Jean Paul Sartre se prueban en el debate. Confiero, en el espíritu de probar ideas del que hablara Sartre, mucho valor a exponer ideas, en especial, a escucharlas. Escuchar puntos de vista de colegas a los que respeto y admiro, colegas que sostengan elementos ajenos a los que, con toda sinceridad y humildad, expondré acá. Muy oportuna esta reunión, ojalá hubieran muchas más, muy oportuno el debate respetuoso con el colega. El debate ético. Puede que mis ideas sean erradas. El debate evita mantener ideas erradas. Por eso agradezco profundamente la invitación a asistir acá hoy, a hablar acá hoy.

PROFUSION, LEVEDAD E HIBRIDAJE

Tres senderos (Borges aludió en uno de sus magistrales cuentos a dos) se bifurcan en el jardín de la narrativa cubana actual, específicamente en el cuento: profusión, levedad e hibridaje.  

Profusión porque quizá nunca antes hayan existido tantos seres empeñados en el arte de escribir como existen hoy en Cuba. Y en cuanto a narrativa, por lo general, se comienza escribiendo cuentos. Las bases de ello parten, entre otras, de: A) La alfabetización inicial, B) el logro de cada vez mayores cotas educacionales, C) el boom de talleres literarios, muy especialmente el Taller Nacional que ha mantenido durante años el Centro Onelio, bajo la dirección de E. H. León, y otros muchos, D) no pueden desdeñarse elementos de corte sociológico; la idiosincrasia cubana, por ejemplo, latinoamericana, esa idiosincrasia que nos hace contadores natos e innatos de cuentos. Existen otros muchos factores, desde luego. Sociológicos, en particular. Dado el carácter de este evento no resulta práctico referirse a ellos. Dejemos materia a los sociólogos. Aventuro que nunca antes existieron en Cuba tantos seres afanados en el empeño de escribir, especialmente tantos menores de 35 años involucrados en ese empeño. Escribiendo. Escribiendo cuento. Si se tiene en cuenta la relación Cantidad de Habitantes VERSUS Cantidad de Escribientes sobre esta ínsula hoy día la proporción sería alta. Mayor que nunca antes. Creo estar a salvo de esa manía de primates que es el nacionalismo, me temo, sin embargo, que tal vez pocas naciones latinoamericanas exhiban hoy proporción semejante. Toda esa potencialidad puede vaticinar, si de lo cuantitativo se trata, la probable continuidad del predominio cubano en materia de canon en A. Latina. Recordemos el predominio de obras escritas por autores cubanos en El canon occidental, la multicitada y multipolémica obra de Harold Bloom. Ese boom cuantitativo, el que en Cuba tiene lugar hoy, puede, y debe, vaticinar grandes obras.

Levedad porque el vaticinio que puede llegar desde lo cuantitativo, es hoy, a mi modo de ver, me temo, solo un vaticinio. Un elemento en virtud de futuro. No de presente. Al menos en materia de cuento. La narrativa cubana, el cuento, no parece haber logrado grandes obras. Adviértase que empleo la frase no parece. Cuantitativamente se tiene un crescendo sostenido e impactante. Cualitativamente todo parece apuntar hacia un escenario diferente. Y digo todo parece indicar porque nadie puede asegurar que grandes obras no duerman ahora mismo entre el polvo de las gavetas, descansen entre el misterio de gigabytes de algún disco duro, o en el más humano de los escenarios, suceda (me suceda a mi) que, inmersos (inmerso yo) en el maremágnum de nuestro tiempo, ese nexo que articula al hombre y a su circunstancia, contemporáneos todos (yo mismo), no sepamos (no sepa yo) identificar esas obras, no alcancemos (no alcance yo) a visualizar las cotas alcanzadas, a aquilatar su grandeza.

FILOGENIA DE LA LEVEDAD.

La levedad, podemos convenir, es el efecto. Y si la levedad es el efecto…, cuál es la causa? Nombrar un fenómeno es fácil. Explicar su génesis es más intrincado. El narrador cubano escribe hoy atacado por el síndrome de la premiofilia. Nuestros narradores, y me incluyo, nosotros, pretendemos comenzar un texto para concluirlo… la semana entrante… para… enviarlo a un premio. Entre nosotros, a pesar de que muchos nos manifestamos premiofóbicos, se agita la premiofilia. Y es que no solo de pan, nos legó Shakespeare. Pero urge el pan. Y urge el resto. Un resto que, para todos, quiero decir para los cubanos, para los que vivimos en esta ínsula, no solo para los escritores, se ha hecho y se hace cada vez más perentorio. En ese difícil contexto se ha hecho común, práctica habitual, que cada año, escribamos obras ad hoc, obras especialmente destinadas a ser presentadas a premios. A ganar algún premio. Obras que una vez enviadas a este o a aquel premio (sin obtenerlo) recomponemos para… enviar a otro(s) premio. Eso año tras año. Para lograr pan. Y el resto. Nunca antes se había escrito tanto en Cuba con el objetivo de enviar a premios.

Esa rara poiesis de premiofilia, ese premiotropismo positivo, sospecho, tiene un raro impacto en cuanto a lo que publicamos. Los narradores cubanos hoy día publicamos solo aquello que no consigue ganar premios. Retenemos lo que creemos nuestras creaciones, por varios años, en aras de ganar premios y destinamos a publicar solo aquello que no creemos con calidad suficiente para optar por esos premios, o aquello que durante años (periodos de envíos continuados) no los ha logrado. La causa: los derechos de autor son ridículamente exiguos. Por ello pasamos años sin publicar porque retenemos lo que creemos nuestras mejores creaciones. ¿Para qué? Para ganar algún premio. De ser posible en CUC. De los muy pocos que hoy subsisten en esa moneda para el género Cuento: el Premio Casa de las Américas, el Premio Internacional Julio Cortázar, el Premio Alejo Carpentier. Al día de hoy solo subsisten ellos. Al día de hoy los muchos escritores de cuento que hoy convivimos en Cuba, y convivimos más que nunca antes, estamos escribiendo para ganar, fundamentalmente, esos tres Premios. Años y trabajo mediante publicamos, a regañadientes, solo aquello con lo que no hemos logrado ganar premios. Somos muchos optando por tres. A mi modo de ver, precisamente esa premiofilia, la insoportable presión de la premiofilia, nos lleva, a empellones, hacia nuestra levedad del publicar, nuestra levedad del ser, esa levedad del ser como escritores de cuentos. Mas bien nos lleva a la levedad (del ser) de nuestros cuentos. Cierto que el siglo XX comenzó a fructificar, en lo que a literatura se refiere, a partir de los años 20. Pensemos en las obras de Proust y Joyce, por ejemplo. En ese contexto Gina Picart sostiene que los autores que marcarán el siglo XXI en Cuba se hallan hoy en la infancia narrativa.

Hibridaje: He ahí un país donde muchos son escritores. Un país en el que, en puridad, el mayor % de lectores que tiene un autor reside… entre sus propios colegas escritores. Es decir: todos leemos a unos y unos leemos a todos. Leyendo nos leemos. Lectores para uno, lectores para todos. Y ello ocurre, incluso, antes de que las obras de unos y todos sean publicadas porque solemos enviarnos nuestros inéditos. A esta particularidad Yoss le llamó, hace ya algunos años, relaciones incestuosas en la narrativa cubana. Gina Picart le llama “´instinto gregario”. Yo voy a llamarlo Relaciones de hibridaje”. Un hibridaje que va a atar, con fuerza, tanto lo estilístico como lo temático. Y, el hibridaje, no poco, también nos conduce a la levedad.

Un elemento que de alguna manera refuerza ese hibridaje deriva de la posibilidad, me temo  bastante real, de resultar, el escritor cubano hoy día, quizá entre todos los escritores del planeta, aquel que escribe más aislado del mundo, más aislado de las novedades, más aislado de lo que se escribe y se publica y se lee en el mundo. Las novedades de la literatura, no hablo de best seller o literatura light, aludo a la buena literatura, llegan a nuestras editoriales, si es que alguna vez llegan, muchos años después. Se sufre de una muy rotunda ausencia de obras novedosas, repito: obras de valor, de autores extranjeros. En muchos casos autores de primer orden, de los cuales las editoriales cubanas, no han publicado no pocas veces, un solo libro. Por las causas que todos entendemos. En modo alguno esto resulta una crítica a nuestras Editoriales. Solo presento la situación del escritor como lector. Son libros que los narradores cubanos solemos descubrir en el librero de otro escritor, de un colega. Y la obra deambula entonces de mano en mano. El caso más notorio, a mi modo de ver, resulta hoy Roberto Bolaño, autor muy leído por nuestros escritores, por nosotros, y de quien valdría quizá estudiar las influencias, al menos entre los escritores de nueva hornada. En Cuba los escritores escribimos para otros escritores. O para especialistas. Quizá, en mayor o menor medida, en todo el mundo suceda (y siempre haya sucedido) así. A ello se agrega que en % muy elevado los autores cubanos, nosotros, se leen (nos leemos) entre nosotros mismos en una suerte de lecturas inter autores, suerte de circuito cerrado en el que esos autores (nosotros), hibridados e incestuosos, generalmente leen (leemos) las mismas obras. Lecturas para uno, lecturas para todos. Pero no solo nos leemos unos y otros. No, señor. También leemos lo que logramos poseer e intercambiar de autores extranjeros. Porque, en solidaria gestión, ofrecemos al colega los libros que de autores extranjeros logran llegar a nuestras manos. Y en buen cubano: todos leemos lo mismo. Leemos lo que escribimos los del patio (en el patio) y lo que desde el patio logramos poseer (ajeno al patio). Llamaré a esto: circularidad de lecturas cautivas. Así como en el mercado cubano el stock de productos es reducido no existiendo variedad de precios, productos o marcas (lo que caracteriza un mercado cautivo), nuestras lecturas exhiben la misma reducida homogeneidad. Y eso ocurre, algo que en modo alguno es una nimiedad, en una nación con muy pobre acceso a las tecnologías de la información, léase, quizá, uno de los más bajos accesos a las tecnologías de la información y a Internet del mundo. Esa circularidad de lecturas cautivas, esa coleguización a tiempo y espacio completo, a mi modo de ver, nos homogeneiza y nos pasteuriza. Lo hace en cuanto a temas y en cuanto a estilos. Y si ambos procesos, la homogeneización y la pasteurización, indudablemente, resultan positivos, Pasteur mediante, en lo que se refiere a la  la leche o productos alimenticios de consumo humano, no lo son en modo alguno en cuanto a la cultura y lecturas, también de consumo humano. Porque mientras más heterogénea y diversa sean culturas y lecturas, menos estandarizada, pues más fuerte, más densa, más profunda, y en consecuencia menos leve lo que de ella resulte.

Dada la naturaleza de este evento no me resulta posible referirme in extenso a ciertos elementos, de primer orden, que, desde mi punto de vista, caracterizan la cuentística cubana hoy día:

  1. Intertextualidad y erotismo: dos de los elementos más comunes de la narrativa cubana en los últimos 20 años. 2. Auge de literatura escrita por mujeres, lo que resulta destacable y motivo de orgullo, uno de los tantos signos que muestran y demuestran lo logrado en las últimas décadas por la mujer cubana. 3. Narraciones donde el espacio en el que trascurre la historia se ubica distante en el espacio (entiéndase el extranjero) o distante en el tiempo (cierta insistencia en el pasado, la historia ficcionalizada de la nación), o lo que es igual: la fuga a otros espacios/tiempos, quizá como desbandada ante la muy profusa internalización en el espacio / tiempo de los 90: escape del HIC ET NUNC en viaje al ALLA Y ENTONCES. 4. La literatura dentro de la literatura, aparición de textos en los que el hecho narrado se desarrolla desde la condición de escritor/personaje del autor/narrador, 5. La ratificación del contexto citadino, algo común al entorno latinoamericano, e incluso, extra latinoamericano, desde el Post Boom, a Mc Ondo a la Generación Crack, la Generación Nocilla o After Pop. En ese contexto La Habana ha devenido actante, puede que una de las ciudades más literarias del mundo, pese a la insistencia en cierta ruinosa presentación, si bien, pueden argumentar algunos, atada a los presupuestos del dirty realism, no por ello menos respetuosa del realismo, a secas. 6. Estructuras narrativo-lingüísticas simples. Pueden citarse excepciones, aludo, por ejemplo, entre otros autores, a narradores como Legna Rodríguez, narradora en la que la estructura lingüística asume y domina no pocas veces el texto per se, lo levanta como ente pura y absolutamente estilístico, y lo lanza, como un todo. Una de las características más marcadas de la cuentística cubana hoy día puede resulte el énfasis en lo temático en detrimento de lo lingüístico, de lo estructural, lo formal, o estilístico. Énfasis en el QUE se narra en detrimento del CÓMO se narra. Y ello es un detalle, que con fuerza rotunda, nos lanza sobre la ya mencionada levedad. Incluso la crítica se dirige, en gran medida, hacia lo temático, y esquiva referirse o analizar, en no pocos casos, lo formal o estilístico. En otras palabras se privilegia contar una historia despreciándose, de manera muy marcada, el CÓMO contar esa historia. 7. Elementos propios del discurso postmoderno: presentación temática de la emigración, la fusión entre alta cultura y cultura popular, el empleo de la ironía, la parodia, la farsa, el kitsch, la carnavalización bajtinana, comienzan cada vez más a asomar elementos propios de la música, el pop art, la cultura de masas (radio, cine, T.V, y especialmente del mundo de la informática, el mundo del chat, el comic, de los seriales televisivos). 8. El uso del absurdo, observado como tendencia especialmente en el cuento, 9. El auge del cuento corto.

No debo, sin faltar a la ética, aludir a ciertos elementos, extra literarios, al menos extracuentísticos, por supuesto negativos, que signan, han signado y parece continuarán signando, el cuento cubano actual, elementos que, de alguna manera, contribuyen, no poco, a la antes citada levedad. Voy a referirme, ya lugar común entre nosotros, a las archiconocidas trivialidades de la crítica. Una crítica que coquetea y se bifurca, otra vez, en dos senderos: 1. Un sendero laudatorio (en su mayoría escrito por escritores (amigos) sobre obras de escritores (amigos). Un amigo (colega) escribe sobre la obra de otro colega (amigo). En su momento, desde luego, eso se retribuye. El criticado (elogiado) se espera incurra en el mismo proceder cuando el un día “crítico” (candidato a ser elogiado) publique alguna obra. Y es que los escritores cubanos no solo nos leemos hoy unos a otros, no solo nos prestamos las obras extranjeras que logramos poseer, sino que nos “criticamos” unos a otros. En puridad: los escritores cubanos nos elogiamos hoy unos a otros. Por turnos. Y a esos elogios le denominamos “crítica”. 2. Una critica que colinda con el show, el choteo, la animadversión prostibularia. Esta última, a su vez, se bifurca en otras dos sendas, ya no de jardín, dos sendas que van a regodearse, tristemente, en el lodazal: 1. Los autores criticados reaccionan (airadamente) ante la “crítica”. 2. La “crítica” la emprende (airadamente) contra esos autores. No pocas veces esta “crítica” es ejercida por enemigos (colegas) sobre obras publicadas por sus colegas (enemigos).

De ello hemos sido alguna vez (motivo de pena ajena, como le gustaría decir a cierto colega amigo) testigos todos. En ocasiones, todavía más tristemente, se ha transgredido lo pedestre para ir, de bruces, desprovistos del más elemental ethos, hacia la ofensa o la diatriba personal.

Todo cuanto he citado acá constituye, desde mi personal visión, generalidad. Tendencia. Denominador común. Regla. Toda regla, desde luego, exhibe sus sanas y robustas excepciones. Excepciones, por fortuna, existen. Pero el estado de una materia, la que fuere, no está signado precisamente por las excepciones. Al menos, esta mirada, la mía de hoy, no se refiere a esas excepciones. No me refiero a las excepciones que muestra el cuento en Cuba. Me refiero a las reglas. Al denominador común. Sostuve al inicio que esta sería una mirada a la narrativa cubana de este tiempo desde la óptica de un narrador cubano de este tiempo. Un narrador cubano de este tiempo que ha incurrido en los mismos dislates que acá ha presentado. No estoy libre de pecados. Con la excepción, velaré por mantenerme a salvo siempre de ello, de la crítica que acá llamo prostibularia. Entre otras cosas porque antes de anhelar llegar a ser un buen escritor anhelo y opto por llegar a ser un buen ser humano. Así pues, esta es, repito, la mirada de un “observador observado”. Me sedujo la importancia de mirar mirándonos. Mirándome. (Auto)mirar. (Auto)voyeurismo. Mirar el interior de nuestro espacio. El mío. El de todos. Lo consideré más genuino. Más necesario. Más sincero. Más productivo, quizá. Y si no lo fuera, quiero decir, productivo (genuino, y el resto de la camada, desde luego, lo es), pues al menos tendría, para mí, ignoro si también para alguno de ustedes, la fuerza, nada despreciable y siempre necesaria, de la catarsis. La fuerza que llega desde decir lo que se piensa. Lo que se cree. De abandonar esa otra pasión que no poco nos anima: la laudatorofilia, ese (auto)cantarnos, (auto)encantarnos y (auto)contarnos loas. No semejar Cándidos en el mejor de los mundos posibles. No remedar al avestruz. En cualquier caso decir lo que creo mi subjetiva cuota de verdad. No por subjetiva menos mía. Muchos tendrán posiciones opuestas. Es lícito eso. Y necesario. En extremo productivo. A cada cual le asiste el derecho de manifestar su dosis de verdad. Es un derecho que deviene, además, deber. El mundo se compone de ellos. Yo he hecho uso hoy de ese derecho (y de ese deber). Y lo haré todavía en grado mayor al escuchar, analizar, y ponderar las ideas del resto de los colegas, especialmente las diferentes. He dicho lo que creo. Otros dirán lo suyo. En aras de exponer acá lo que creo he desdeñado el enfoque de un crítico. Entre otras causales porque, aunque he escrito cierta “crítica”, no soy crítico. Desdeñé el enfoque académico o el típico del ensayo porque no soy ni lo uno ni lo otro. Esos enfoques, los ensayísticos, los académicos, los críticos, son mucho más necesarios hoy día. Si bien son igualmente genuinos y productivos, quizá no alcancen, en tiempo y espacio tan breves como este, la necesaria y anhelada dosis de catarsis. Al menos no lo hubiera logrado yo. Si alguno de los presentes pudo haberse molestado por algo de cuanto acá he dicho…, con toda humildad, le pido disculpas. Dado el espacio, más bien el tiempo del que disponemos hoy, esa red espacio / temporal que aherroja a los humanos, incluidos a nosotros, los narradores (quizá la Poesía, más alada, más sacra, pueda vivir fuera de esa terrorífica red), la red temporal que aherroja a este Coloquio, era imposible una mirada de mayor prolijidad. De ahí que me haya limitado a estas (meras) notas al vuelo. Notas acordes al propósito, y al tiempo, muy especialmente, al tiempo del que cada uno de nosotros debe hacer racional uso en este evento. Notas en las que he tratado de simplificar, de la manera más sucinta y clara posible, de la manera más sincera posible además, aquellos elementos que, desde mi modo de ver, desde mi cuota subjetiva de verdad, marcan a los que hoy escribimos cuento en Cuba y marcan el cuento que se escribe hoy en Cuba. Muchas gracias a todos.

Texto leído bajo el título Aproximaciones al cuento cubano hic et nunc,el 30 de marzo de 2016, en la Sala Rubén Martínez Villena de la UNEAC durante el Coloquio Nacional de Narrativa .

NOTA: Una muestra más de ese “circulo cerrado” en el que el narrador cubano se mueve hoy: al Coloquio Nacional de Narrativa, al menos el día asignado al Cuento, no despertó el interés de académicos, profesores de Filología o Literatura de las Universidades cubanas. Tampoco de representantes de Editoriales. Tuve el cuidado de preguntar a varios colegas si los identificaban entre el escaso público asistente. Todos aseguraron que ni unos ni otros se hallaban presentes en la Sala.

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