“Análisis de una generación materializada”, por Javier Rabeiro Fragela

Aquí encontramos un artículo, también de ISLIADA, sobre la Generación Cero. El autor nos recuerda los orígenes de la manada (una manada que siempre anda sola, como dice Ahmel) y luego define a sus bestias predilectas.

Muchos prefieren comparar la literatura con el béisbol o el boxeo, pero creo que la analogía feliz está en el golf, un juego elitista, que precisa de fuerza, perspectiva, y mucha concentración para recorrer sin desánimo el espacio geográfico en donde se desarrolla, un espacio que pudiera comparar con el universo. En el golf no vale el jonrón ni el knock out, hay que intentar otras sutilezas más poderosas a veces que el toque de bola o el jab. En Cuba se utiliza bastante la analogía del boxeo o la pelota, pero Cuba también puede ser reinventada y su literatura (para mí una de las mejores) puede habitar el inconmensurable espacio de un terreno de golf. Y en este terreno, en la yarda 2000, quisiera colocar a la Generación 0, ese fenómeno que, sin antología (como sí sucedió con Los Novísimos) se oxigenó a sí mismo y lanzó una bola al aire que todavía no llega a caer.

Me referiré a un conjunto de narradores que le dieron forma al fenómeno, los mismos que, de una manera plural hicieron el largo swing que golpeó esa pelota que aún flota en el aire y amenaza con romper alguna que otra ventana de los edificios que bordean este imaginario campo de golf. (Advierto que muchos de los narradores de la Generación 0 no se consideran parte de ella ni parte de nada, pero igual son y serán miembros vitalicios, lo que demuestra lo poco que podemos hacer como entes individuales y la omnipotencia de ese artefacto nombrado Generación. Advierto, además, que solo me referiré a los autores iniciáticos del fenómeno, pues, en realidad, la mayoría de los escritores actuales forman parte de él, no por la estética de sus obras, sino por el tiempo en que fueron y están siendo publicadas.

Lo que pretendo escribir es que la Generación 0, de la que tantos formamos parte, se impuso, existe, es una referencia indirecta para la escritura de ahora mismo, aunque los escritores actuales continúen dándole forma a una nueva generación más global, generación neo-todo, como apuntó Kevin Fernández en su ensayo “¿Generación 0? Lineamientos para una generación literaria que no existe”, porque los escribas actuales, que son los de ahora, los que comenzaron a escribir a inicios del 2000, los que escriben desde los noventa y los ochenta y los setenta, cincuenta, los que comenzaron a escribir tal vez junto a Silvestre de Balboa, se apropian de casi todo y la variedad es enorme.

Algunos de los narradores iniciáticos de la Generación 0 son: Raúl Flores Iriarte, Jorge Enrique Lage, Ahmel Echevarría, Michel Encinosa, Polina Martínez Shvietsova, Arnaldo Muñoz, Orlando Luis Pardo. Debería incluir muchos otros nombres, pero la lista sería inmensa (toda la narrativa de estos últimos años) y estamos hablando de los precursores. De todas formas, los autores nombrados representan a la perfección el despliegue que se originó a partir del año 2000, y que, por un afán de identificación (tal vez organización) con su tiempo algunos empezaron a nombrar Generación 0.

Hay quien todavía se pregunta: Bueno, ¿y qué hace especiales a estos escritores?  Y hay quien responde: Lo mismo que hace especial a cualquier escritor: la propuesta. O sea, la mecha encendida de sus obras, las granadas que nos explotan en las manos un vez que cerramos los libros o leemos sus cuentos. Voy a mencionar, desde mi punto de vista, algunos de los aspectos que más me han impresionado-dinamitado de estos autores, de los cuales he tenido la oportunidad de leer casi todo, aunque, a decir verdad, me hubiera bastado con un libro o un cuento, pues no me uno al concepto de que es necesario esperar la decantación del tiempo, el cual, contrario a lo que se cree, nunca será el propicio para evaluar nada debido a su inherente capacidad de cambio. Ya sabemos: el presente no tiene el mismo significado en el futuro, se transforma en un presente inmóvil en ese instante que la emoción nos tocó y fuimos sinceros con esa emoción.

Quiero volver a hacer énfasis en el axioma de que los integrantes de la Generación 0 son el resultado de la generación precedente y están, como todos los escritores cubanos, indisolublemente ligados a la marea de la literatura pasada y futura. No tienen, por supuesto, edad, y eso es lo más importante, ya que en literatura, si observamos con cuidado, descubrimos que no existen escritores jóvenes ni viejos, ni menores ni mayores.

¿Qué diferencia a los escritores de la Generación 0 de los escritores pasados, presentes y futuros? Nada y todo. Tienen sus particularidades y sus semejanzas con respecto a los otros, pero lo más importante es la circunstancia de haber empezado a publicar a inicios de los 2000 y de hacerlo a través de una óptica nunca antes vista, como mismo hicieron Los Novísimos, y la promoción que los precedió y todos en su momento. Son escritores que tienen su punto de partida en el realismo, pero luego hacen un cruce, o una voltereta, y sus historias empiezan a adentrarse en una dimensión que no es ambigua, ni fantástica, ni siquiera roza la ciencia ficción, es un lugar donde sus creaciones son posibles gracias a sus talentos o empeños de ver el final del arcoiris. Voy a ejemplificar:

Raúl Flores hace aparecer una existencia para la cual una persona estaría preparada si tuviera en el pecho un órgano habitualmente llamado corazón. Sus detractores dicen que utiliza una onda pop y palabras en inglés, cuando precisamente esa es su estética, su intención. Y son detractores, claro está, que nunca han escuchado canciones en la radio ni saben, supongo, lo que es un dolor de muelas en el corazón, como decía Heine. Es decir, detractores extraterrestres, o que al menos no viven en este siglo. Pero lo que hace a Raúl Flores un escritor único es lo mismo que ha convertido en escritores únicos a todos los demás: su capacidad de emocionarnos, lanzar granadas contra las paredes de nuestra mente.

Jorge Enrique Lage es otra cosa. Se trata de un narrador congelado, que nos despereza, nos despierta con su inteligencia y disposición. No es cínico, ni mordaz, ni sarcástico, hay que inventar algún término para él, ya que tiene la virtud de crear su propio género y ser inimitable. Es el espectáculo de un pensamiento sui generis, personal.  De más está decir que para coger toda su onda no se precisa tanto de emoción sino de curiosidad, de un gusto por los laberintos “Lageanos” (por poco escribo “cínicos”) del cerebro. Sus detractores dicen que utiliza unas imágenes y unos presupuestos estéticos alarmantes, y eso, a mi juicio, podría ser el mayor elogio. Son detractores, sin duda, predispuestos a no recibir nada que no esté acorde con su idea de literatura, por lo que no les resta otra salida que detenerse en el límite. No ven las olas de un mar tempestuoso, quiero decir.

Michel Encinosa es el típico escritor sin costados, redondo. Su literatura siempre cae de pie porque sabe encallarse en el ángulo que soñamos. Parece tener siempre una propuesta, en realidad una pregunta para todos nosotros: ¿Qué somos? ¿Existe alguna manera de escapar de esta locura en donde un Dios hermafrodita llamado Vida nos ha colocado? Hay en Michel una correspondencia muy orgánica entre historia y lenguaje, o sea, entre lo que se propone y alcanza a elaborar. Como también cultiva la ciencia ficción nos parece un escritor híbrido, o mejor, un tipo al que Dios le ha revelado todo y nos lo ofrece sin códigos. Sus detractores dicen que a veces le da rienda suelta a la fantasía, sin entender que su obra está por encima, por debajo, y por los bordes de la fantasía y por eso mismo nos hace imaginar mundos e ignorar el tacto de lo real. No saben, por supuesto, que le hacen un favor al subrayar ese criterio.

Arnaldo Muñoz es lo más cercano a lo que muchos catalogarían como alta escritura. Su lenguaje es su mejor personaje y es también un virus que nos obliga a llegar hasta la última página de sus historias. Es uno de esos escritores con un estilo tan fuerte que nos corta el aliento del asombro. No solo sabe lo que hace, sino que sabe lo que haces y lo que vas a hacer. Me refiero a un lenguaje omnisciente, en el cual nada queda afuera y son apresadas todas las particularidades de la literatura. Cada una de sus novelas está atravesadas por una marca de originalidad, y, aunque la mayoría pertenecen al género policial apenas lo advertimos, pues sus novelas se van por encima de cualquier género. Sus detractores dicen que es medio barroco-lezamiano, lo que constituye, sin discusión, el más álgido de los halagos.

Con Ahmel Echevarría entramos en el tiempo del simbolismo. Tenemos la impresión, al leerlo, de que todos los actos de la existencia son trascendentes y que solo lo admitimos, o lo advertimos, al sumergirnos en su obra. Hay una especie de ritualización de la conciencia, y si eres un lector con alas en la cabeza saldrás bastante enriquecido de ese vagabundeo por las nubes. Es un escritor epidérmico que sabe metamorfosear su tormento en maravilla. Si el lector tiene engrasadas las piezas de su mente podrá llegar muy lejos con él. Tiene detractores que, como buenos detractores, nunca tendrán la razón.

Polina M. Shvietsova es la escritora del impacto y la detonación. En ese orden. Primero sorprende gracias a su súbita independencia y luego, tras el eco, empieza a diluir nuestra sangre. Con un leguaje poético semejante a diminutas alfileres, nos encaja su mensaje, por lo que un lector prejuicioso, o acomodado a ciertas zonas recomendables, puede hacer reacción alérgica, pero un lector más activo, digamos, un lector metafísico, puede arriesgarse a soportar el ardor de los pinchazos y sacar buen provecho de la experiencia. Siempre dolerá, recuerden que hablamos de un tipo de escritor que escribe con armas blancas. Sus detractores afirman que Polina no hace una auténtica literatura, y eso, claro está, es un halago demasiado hermoso; sabemos que no es fácil hacer una literatura-no-auténtica.

El último de mi análisis es Orlando Luis Pardo, un escritor que negocia con fuego y arcilla. No es un artesano porque sería algo simple de definir, tampoco un mago, porque la literatura, como todos saben,  es un acto de ilusión palpable, demostrable. Diré simplemente que Orlando es un escritor que dobla las palabras para hacer arabescos con el lenguaje y regalarnos una nueva-otra interpretación del mundo. Con Orlando el lenguaje no es un personaje, es un disfraz. El lector no se interesa por lo que oculta, ni mucho menos por lo que muestra, queda en un estado virginal, de expectación consciente. Los detractores de Orlando lo culpan por embrollar sus historias con espejismos, y quizá tuvieran razón si los espejismos fuesen solo espejismos.

El análisis de esta generación pudiera extenderse si me apoyara en la labor de todos los escritores actuales que también forman parte de ella, pero el resultado sería el mismo, ya que el asunto central consiste en reconocer un fenómeno que hace mucho dejó de ser paranormal y se ha materializado para formar parte incuestionable de la literatura cubana. Un fenómeno, es bueno aclararlo, ni mejor ni peor que los otros que ya se han producido, y que le ha dado paso a nuevas visiones que chocan entre sí y comienzan a crear ese universo con forma de pelota de golf que toda generación debe golpear cada vez más lejos.

Los escritores de ahora mismo, que son los mismos que han escrito desde siempre, están conformando una suerte de escrituras individuales que, vistas en perspectiva, organizan un horizonte ecléctico bastante razonable. Negar esa circunstancia es como negar el metabolismo del tiempo, y como eso no es posible, la pelota de golf aún sigue en el aire, lista para caer en un hoyo o ser lanzada más lejos, con el poder de un jonrón.

Marzo de 2014

04 flores1

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